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'The Devil Wears Prada 2' mantiene la elegancia gracias a su reparto y al poder de la nostalgia

Sería ridículo que alguien que analiza constantemente producciones cinematográficas retroceda ante la idea de escribir una reseña sobre una película que tiene poco o nada que ver con su propia vida, ya que, en la mayor parte de los casos, lo que uno hace es enfrentarse a historias considerablemente alejadas de las experiencias propias.

Sin embargo, en lo que respecta a "The Devil Wears Prada", que es ya una franquicia, el reto para mí resulta particularmente intenso, porque, si se habla de moda (y aquí se habla muchísimo de moda), existe probablemente un enorme contingente de escritores mucho más preparados para opinar sobre el asunto que un tipo que solo se pone traje (y de segunda) cuando tiene que asistir al Oscar o a los Globos de Oro. Y a regañadientes.

De hecho, a pesar de la popularidad que tuvo, no recuerdo haber visto la primera entrega de esta saga durante su lanzamiento original en salas, ni haberlo hecho tampoco una vez que estuvo disponible en formatos caseros, lo que no habla bien de mí en el sentido de que tener a Meryl Streep y a Anne Hathaway en los roles estelares tendría que haber sido más que suficiente para despertar mi curiosidad cinéfila.

Pero la vi esta semana, claro; y al verla, reafirmé mi distanciamiento con el mundo de la alta costura desde el momento casi inicial, en el que el personaje de Hathaway es duramente criticado por "vestirse mal" cuando llega a las oficinas de la revista neoyorquina Runway (claramente inspirada en Vogue), cuando me parecía que su atuendo era perfecto (y que ella, por supuesto, lucía absolutamente divina, llevara lo que llevara encima).

Curiosamente, y por motivos ajenos a la moda, desde el principio mismo, "The Devil Wears Prada 2" asume una postura que sí se acerca peligrosamente a mi ambiente, porque muestra al mismo personaje, Andy Sachs, convertido finalmente en la periodista 'seria' que siempre quiso ser, mientras es despedido a través de un mensaje de texto por el diario particularmente respetable para el que trabaja, y justamente cuando se encuentra a punto de recibir un merecido premio por su labor profesional.

Saber que ha ocurrido algo similar con muchos compañeros y el temor permanente de que me pase lo mismo hizo que la nueva película, que le presta mucha atención al poder que tienen actualmente los multimillonarios en los medios de comunicación, tocara de inmediato unas fibras sensibles que la anterior no logró ni siquiera rozar.

En ese sentido, estamos ante una cinta que, más allá del 'fanservice' en el que incurre eventualmente, busca reflejar el estado actual de las cosas, sostenida en unos textos particularmente correctos de Aline Brosh McKenna, autora del guión anterior y responsable, en este caso, de crear un relato que, a diferencia del previo, no depende de un 'bestseller', a pesar de que la autora de la novela de base, Lauren Weisberger, publicó una secuela literaria que iba por un camino completamente distinto que el actual.

Es cierto que, en cierto momento, lo que se presenta llega a ser predecible, sobre todo en lo que respecta a la repetición de situaciones ya vistas que apuntan a complacer a la hinchada; y también es cierto que la intensidad sentimental a la que se apunta a veces puede hacer tanto que la película sea considerada como superior a la anterior o que, por el contrario, sea cuestionada por caer en la cursilería.

Dentro de todo, "TDVW2" ofrece mucho con lo que disfrutar, incluso cuando no es nunca terriblemente divertida, como no lo era tampoco su antecesora. Resulta ciertamente placentero volver a ver en acción a un reparto que, pese al transcurso de las dos décadas, se mantiene en plena forma y es todavía capaz de deleitarnos en momentos inesperados.

Por ese lado, Streep es una leyenda, y su Miranda (o 'jefa del infierno') sigue siendo memorable, aunque se le quita intencionalmente maldad; Hathaway mantiene intactos sus encantos y su frescura, y Stanley Tucci (todavía como el colaborador más fiel de Miranda) tiene una oportunidad mayor para lucir (aunque lo haga a veces a costa de incurrir en el ya citado sentimentalismo).

Pero quien nos sorprende más es Emily Blunt, completamente convincente en la evolución natural del personaje que tuvo en la cinta original (la asistenta principal de Miranda), e incluso más deslumbrante en sus turbios manejos por alcanzar el poder. Su participación puntual en una inolvidable escena que se convierte en un espectacular duelo histriónico con Streep merece ser celebrada.

El guión de Brosh también hace que Miranda ofrezca ciertas apreciaciones sobre la validez artística y cultural del mundo de la moda que no estaban tan presentes en la primera película, y que nos llevan a revisar al menos los prejuicios que tenemos los que consideramos durante mucho tiempo que la industria que ella defiende es una maquinaria de frivolidad fundamentada en los gustos adquiridos del 1%.

En sus intentos por adaptarse a los tiempos que vivimos y por resolver las críticas generadas por la película del 2006 en relación al uso masivo de intérpretes blancos, "TDWP2" incorpora muchos más personajes procedentes de diferentes etnias.

Pero, al hacerlo, se mete sin quererlo en terrenos igualmente pantanosos, como lo han demostrado los cuestionamientos hechos por diversos sectores de la comunidad asiática ante la representación de la asistenta interpretada por la actriz estadounidense de ascendencia china Helen J. Shen, quien, según estos reclamos, refuerza estereotipos innecesarios. En todo caso, y para llevar la discusión a nuestros terrenos, los latinos vuelven a brillar por su ausencia.

La dirección se encuentra nuevamente en las manos de David Frankel, quien se ha mantenido en Hollywood haciendo películas que no han alcanzado demasiado reconocimiento, y que vuelve a emplear un lenguaje cinematográfico funcional que, en todo caso, se presta idealmente para una historia en la que lo más importante se encuentra en los intercambios entre sus estrellas, orquestados, obviamente, por él mismo.

Hay también muchos trajes elegantes y mucho colorido, claro está; pero, en consonancia con mis limitaciones, sigo siendo incapaz de juzgar adecuadamente esta clase de prendas, a excepción del atuendo que lleva Blunt durante un funeral y que resalta increíblemente su belleza, aunque esto podría deberse a una inclinación personal por lo gótico (y las góticas) que no vale la pena desarrollar por aquí.

Sea como sea, completamente consciente de la liga a la que pertenezco, salí del cine como entré, es decir, enfundado en unos jeans viejos y en unas zapatillas igualmente ancestrales que me costaron probablemente menos de 20 dólares, y sin intención alguna de renovar un vestuario que pide ya a gritos una mejoría.

Este artículo fue publicado por primera vez en Los Angeles Times en Español.

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